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¿Turismofobia o cuidado de los espacios?

Cada vez más gente viaja. El turismo es una de las actividades económicas que no para de crecer y esto, aunque muchas veces no nos demos cuenta, trae consigo algunos problemas. La aglomeración turística (especialmente en muchos de población estable pequeña), la contaminación, el deterioro de los espacios naturales, son solo algunos de los inconvenientes que sufren los destinos más solicitados.

Venecia, por ejemplo, la siempre romántica y encantadora ciudad italiana, recibe más de 60 mil visitas cada día. Un verdadero aluvión de gente pasea por sus canales y se maravilla con sus casas, pero son una tortura que crece para los locales.
En Argentina ocurre algo similar. Destinos como Puerto Iguazú pueden recibir más de un millón de turistas en una temporada, lo que es verdaderamente impactante para una ciudad que no llega a los 90.000 habitantes.

Los vuelos low-cost que proliferan en el mundo y están comenzando en Argentina, la posibilidad de comprar excursiones y alquilar cabañas por internet, las cuotas y las muchas facilidades que hay hoy en día, hacen que el turismo crezca año a año un 4%, un crecimiento récord, que no ocurría hace más de 50 años.

El turismo no solo nos da la oportunidad de conocer nuevos destinos, de aprender sobre otras culturas y disfrutar de la naturaleza, de salir de la rutina y ver cómo otras personas viven, pero con el ritmo de crecimiento actual también tiene una contracara: los destinos estrella se saturan y la comunidad local así como los espacios naturales se ven perjudicados.

Luego de una larga caminata bajo el sol, con los deseos de ver uno de los espectáculos más grandes de la naturaleza: la Garganta del Diablo, nos encontramos con un centenar de turistas apretujados. No se puede ver nada, la gente se molesta y se codea para sacar una foto. Por supuesto, tomar por lo menos una que no esté invadida por extraños es imposible. Y esta escena se repite en numerosos destinos, en algunos, incluso la situación es peor.

Por eso, en algunos lugares, como en Machu Pichu o en las Cuevas de Altamira, tuvieron que restringir el ingreso para evitar el deterioro.

Para los turistas, es una molestia. Algunas excusiones, como la caminata a la pingüinera en Ushuaia, permite a penas un centenar de turistas cada día, durante unos pocos meses al año, por lo que en temporada puede haber largas listas de espera. En Machu Pichu las reservas se deben hacer con meses de anticipación.

Pero esto no es todo. Cuando una ciudad se convierte en un destino tan masivo que comienza a alterar la vida de los locales, ni los beneficios económicos que trae parecen compensar. La supuesta «turismofobia» es solo una muestra más de este fenómeno. Si no se cuidan los espacios, si no se planifica y si como turistas no somos responsables, el turismo termina siendo una molestia.

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